PRÁCTICA CRÍTICA, PENSAMIENTO CRÍTICO:
EL DISEÑO DE LAS LETRAS DESDE LA PERIFERIA GLOBALIZADA
Saúl Sosnowski – Univ. of Maryland/College Park
Al unir ‘práctica’ y ‘pensamiento’ con ‘crítica’ quisiera señalar el planteo que sustenta estas páginas: los desplazamientos que se han llevado a cabo durante los últimos 50 años en el espacio académico y la conjunción de una actividad que interroga, cuestiona, evalúa las letras y que al mismo tiempo reflexiona y actúa sobre el lugar que ese objeto de estudio ocupa en el sistema. Me arriesgo y enumero lo sabido y, para muchos, compartido en los segmentos más próximos de este medio siglo. En el ámbito académico se registró un rigor mayor en la lectura, un ajuste de la disciplina, un afán científico para contrarrestar la superficialidad del magisterio acostumbrado a resúmenes impresionistas y al reiterado énfasis en un número limitado de obras y autores. El entorno propiciaba los cambios: fueron 50 años marcados por apuestas a cambios posibles y de esperanzas que desafiaban lo que aún no se creía imposible; época de militancia armada, de proclamas y tareas asignadas a la literatura desde un ideario que se hacía eco de debates acaecidos durante instancias fundacionales de las naciones americanas. Fueron años de revolución, de fallidos amagos y de derrotas; de búsqueda de opciones para evitar la entrega y para no claudicar raigalmente ante los fracasos. Hemos recorrido una época inicialmente cifrada con la retórica que exigía la acción inmediata hasta llegar a la más pausada de las democracias pactadas; pasamos de la exaltación del cuerpo, la solidaridad social y del decir ‘pueblo’ con convicción y sin rubor, a enunciar índices precisos, incisivos y tan generosos como la objetividad que anuncian las tablas financieras. El sentido mismo de poder, del poder, ha variado tanto en las letras como en la dimensión inmediata que en algún momento se ignoró porque interfería con las cifras que algunos exaltaban como teoría. Atravesamos la renuncia a la evaluación como propia de la crítica literaria a interrogar el sentido de los valores; pasamos de la asepsia a la recuperación –aún escasa— de la ética como componente de esta actividad. Hemos enfrentado el canon legado por versiones patriarcales para sumirnos en la construcción de identidades multiples, simultáneas y fluctuantes para dar lugar a otras variantes de los cuerpos que somos, que nos congregan e informan. Por un lado se niegan inmanencias y esencias; por otro se es cada vez más susceptible al manejo de máscaras. Y ello nos lleva a buscar el rostro tras la máscara y preguntar si, con tantas y convenientes mutaciones, existirá todavía un rostro verdadero o si todo ha pasado a ser imagen, maquillaje, superficie, nada.
En este rápido enunciado conjugo textos y texturas, inquisiciones y prácticas legítimas, ejercicios de escalafón y pretensiones, deseos de exaltación académica y compromiso con lo que se halla fuera de los parámetros más ceñidos al claustro, la figura del académico pegado al rigor de una estructura con la del intelectual que dilucida su lugar también fuera de los límites de una página. La diferencia fundamental entre una y otra práctica, entre una y otra actitud, radica en la mirada que se adopta sobre la región, así como sobre su producción cultural, y en el uso que de ello se hace. En la esfera más amplia de la ideologización entran en juego condiciones laborales, el vivir de la academia, y, por supuesto, factores propios de toda subjetividad y posicionamiento.
Es necesario tener presente, además, que se ha producido un retroceso de la circulación literaria: en los años 60 y 70 se tomó conciencia y se produjo un mayor conocimiento del corpus latinoamericano; hoy se registra una mayor atomización de las lecturas latinoamericanas con el consiguiente desconocimiento de la producción cultural dentro de la misma región. Es cada vez menor el número de editoras nacionales con una capacidad de distribución mayor a la de sus circuitos locales y sii bien han surgido nuevos sellos, su alcance generalmente se restringe al ámbito universitario. Excepto por las multinacionales españolas con un catálogo propio de autores latinoamericanos, junto a españoles y a extranjeros traducidos, la estantería está volcada a una producción nacional, cuyas dimensiones y envergadura varían de un país a otro, y a la venta de los más exitosos en los centros occidentales. Por otra parte –cabe recordarlo—, las editoras comerciales no venden ‘cultura’; su competencia es con el ocio: el libro impreso se enfrenta a los medios, a la televisión, a la música en vivo y grabada, al consumo provisto por internet. Lo cual se verifica mediante los experimentos recientes de marketing del libro digital y los ‘chats’ con autores.
Junto a esta situación corresponde subrayar la creciente ‘norteamericanización’ de un amplio sector de la crítica, entendiéndose como tal el uso de esquemas teóricos y referenciales provenientes del análisis de otras literaturas y de otras naciones marcadas por un desarrollo histórico y cultural ajeno al latinoamericano, o transferido de modo a-crítico de otras disciplinas. La pretendida ‘internacional del saber’ privilegia, en efecto, el régimen puesto en circulación en los EE.UU., y éste se proyecta sobre América Latina bajo el principio de autoridad que efectúa esa misma dinámica. Un ejemplo: para que una interpretación cultural de comunidades indígenas sea respetada y legitimada por un sector de los latinoamericanistas que integran el mundo académico estadounidense, y por otros que allí buscan legitimarse, parecería obligatorio filtrarla por categorías vigentes para comprender condiciones propias de países asiáticos. Además, para ser aún más coherentes con la buena voluntad que se percibe progresista, se exporta ese modo de ver a las instituciones latinoamericanas con el fin de educar, poner al día y evitarles a los colegas latinoamericanos una percepción fallida de lo que ellos son y de lo que todos nosotros somos más al sur. Concretamente y para evitar malentendidos: la circulación del conocimiento es necesaria, util, productiva, pero ello no justifica imposiciones normativas propias de actitudes coloniales, ni el fundamentalismo del misionero académico que anhela salvar las almas bibliográficas de profesores y estudiantes latinoamericanos.
Ante tal actitud, cabe considerar la atención derivada hacia autores de origen latinoamericano que producen en inglés. En este sentido, para quienes somos parte del sistema académico en los EE.UU. se presenta un curioso mapa cultural: autores relativamente nuevos e inscriptos en virtud de su lengua y opción de vida en las letras estadounidenses y definidos como U.S.-Latinos, con el acento, según convenga, puesto a uno u otro lado del guión, han comenzado a desplazar la atención que antes era patrimonio de los latinoamericanos. Y nuevamente aclaro para evitar malentendidos: describo un hecho para subrayar que los contextos y las condiciones de producción no son análogas en los países y regiones de América Latina y el Caribe y en los EE.UU.; no emito juicio de valor sobre la obra de quienes son, en efecto, U.S.-Latinos y, como tales, se sostienen con una doble pertenencia cultural desde la cual interrogan y dilucidan los componentes de inscripciones plurales. Evidentemente es de gran importancia trabajar con las transformaciones de las comunidades en EE.UU.; mis reparos se centran en el cinismo, en la mala conciencia que hace uso de la mercadotecnia y de la moda, en la utilización de un fenómeno real para asumir una pose que en estos momentos a los advenedizos les resulta redituable. En última instancia, mis compartidas molestias aluden a una franja no muy frecuentada en la política de los claustros: la definición ética de la pertenencia, de lo que se es, y no de lo que conviene ser en un momento determinado; es otra manera de decir que llamo la atención sobre nuestra responsabilidad profesional y sobre las repercusiones que ejercemos en el régimen educativo, así como en la esfera social.
El paso que ha conducido de la focalización en el saber parisino de los años 60 y 70, a la urgencia por ser reconocidos y aceptados en EE.UU., genera varios corolarios. De ellos, a mi parecer, el más grave es la alteración y el condicionamiento de las múltiples identidades americanas cuando éstas son sometidas al tamiz que conlleva la ideologización estadounidense de nuestros países y de nuestras culturas. De tanto pensar en estrategias académicas y en luchas oficinescas, muchos olvidan que la razón de las letras también está atravesada por la realidad material de la región, por sus conflictos y violencias, tanto mayores e importantes que los dirimidos entre las tapas de una revista. Las fronteras ideológicas son cada vez más difusas al seleccionar qué y a quiénes se publica y dónde se publica. En décadas pasadas y a pesar de los diversos cambios que atravesó, Casa de las Américas fue un punto de referencia fundamental para la cultura latinoamericana que también sirvió para medir la coloración de la intelectualidad. Fue la publicación privilegiada o el lugar que no se frecuentaba. Hoy, también allí se corroboran cambios en el juego, en la percepción, en el manejo que señalan índices un tanto llamativos. Evidentemente –y no soy un nostalgioso de mesas redondas sobre ‘el intelectual y la revolución’— ha habido un sensible reacomodamiento no sólo de cuadros políticos sino de las agendas del turismo académico.
En un sentido que excede la conducta partidaria y la filiación simpática, se produce un efecto paradojal y, en cierta medida, de sospechosa manipulación: precisamente cuando se enardece la discusión en torno a identidades múltiples, a la redefinición de nuestras respectivas pluralidades, algunos voceros hispano-hablantes que han descubierto (tardíamente) la conveniencia de la sonrisa política que solían soslayar para evitar la contaminación de sus elucubraciones teóricas, parecen no tener reparo alguno en abandonar su lengua originaria y enunciar en inglés reclamos en nombre de 'lo latinoamericano' que, por otra parte, más que principios frecuentemente son fórmulas acomodaticias derivadas de otras latitudes. Un espíritu inocente sostendrá que ello permite a quienes no frecuentan el mero español y el portugués tener acceso a su visión de mundo; quienes conocen los avatares de las escaramuzas académicas admitirán, en cambio, que más que promover un mayor conocimiento, se anhela el reconocimiento de colegas, instituciones y fundaciones: los verdaderos destinatarios de tanta prédica. Siguiendo esta misma norma, se invoca el respeto a la diversidad pero se la articula desde la homogeneización –y aún mediante la lengua que se considera dominante en el ejercicio del poder local—, a partir de códigos de conducta y enunciación apropiados.
Estas comparaciones surgen de una sensación de estafa que generan textos donde se habla de minorías latinoamericanas en los mismos países de la región, y cada vez más dentro de EE.UU.; del rescate de voces que merecen ser oídas, muchas veces por el solo hecho de ser minoritarias o de haber sido ignoradas –lo cual, por otra parte, es un argumento falaz que no justifica ni una desmesurada atención y mucho menos la canonización— cuando se lo hace asumiendo el posicionamiento del académico que reclama en el idioma de su institución un conocimiento al que se permanecerá ajeno por leerlo precisamente desde ese lugar. A esa sensación se suman otros factores relacionados con lo que la crítica suscita al proyectar una versión de las culturas americanas basada en la exaltación académica de los márgenes y de las señas de identidad, tal como se perciben desde el claustro estadounidense, así como en lo que significa ver nuestros propios tejidos con lentes condicionados por un fluctuante primer mundo. Me pregunto en este contexto si estar (o pretender estar) des-centrado, ser ex-céntrico, es en sí un valor, y qué implica el término ‘integración’ –tan frecuentado en la dimensión social y en las batallas por la destrucción o renovación del canon literario— si se parte de la negación, del rechazo o de la mirada que soslaya los materiales fundacionales y la reflexión crítica que se produce en los países cuyas culturas estudiamos.
En cuanto al sistema de referencias utilizado para legitimar las lecturas de la región, este fenómeno, como lo apuntara antes, ya no está circunscripto a quienes residimos en EE.UU. No pretendo describir un cuadro uniforme ni abarcador de todo el sistema académico latinoamericano, ni abogo por un nativismo ingenuo que privilegie las voces locales, aunque sí por su conocimiento antes de dejarse seducir por el encanto de lo importado. Las condiciones propias del continente –particularmente a partir de las derrotas que significaron las dictaduras, así como otros factores— han contribuido a que un número importante de cátedras se haya beneficiado del jet set portador de las últimas novedades, sin por ello haber podido superar las características propias de lo que hace tiempo Silviano Santiago denominara la "generación xerox", ni mejorar los estamentos institucionales. La rápida asimilación bibliográfica accesible por internet también ha contribuido a una integración del saber pero, una vez más, en áreas y circuitos acotados y con sensibles diferencias dentro de la región y aun dentro de un mismo circuito universitario. No por ello, sin embargo, debemos dejar de impulsar una mayor integración internacional de la esfera académica, como tampoco dejar de considerar las distancias que nos separan a quienes vivimos lejos de un profundo conocimiento de las condiciones de trabajo en cada uno de nuestros países.
Es obvio que lo que leemos, el cómo leemos, y para quiénes leemos, varía permanentemente, pero ello no implica, ni mucho menos exige, el régimen de absurdas sustituciones motivadas por razones de contingencia política. Sin duda leeremos de un modo diferente a los canonizados de siempre, pero aceptemos que junto a las variantes debemos estar concientes, y hacer concientes a otros, de que las lecturas alternativas responden no sólo a los tiempos y a lo asimilado en las últimas décadas, sino al mismo 'establishment de las rupturas, rechazos y reemplazos'. La legítima tarea de promover nuevas voces no exige ignorar a quienes ya han adquirido un lugar en todo sistema literario. En la medida en que el trabajo crítico se sostiene entre la lectura interpretativa y la cartografía, los puntos de referencia no pueden ser omitidos ni reemplazados por los navegantes de la moda. Tampoco por quienes sobrevuelan esos puntos con teorizaciones que prescinden justamente de los matices, de las estrategias de hibridación, de los cruces y de las dudas que definen estos tiempos y a los géneros mayores de la literatura. Precisamente porque hemos asimilado la importancia de la disciplina y de los análisis teóricos, porque estamos más concientes que en otros momentos de los artilugios de los medios de comunicación masiva, de los mecanismos de persuasión utilizados para motivar la adquisición de mercadería innecesaria e inútil, debemos estar atentos a las implicaciones de demasiadas notas críticas que se asemejan entre sí, al énfasis en una ya no tan nueva trinidad que se esgrime como única e inapelable arma contra cualquier otro modo de recorrer el universo cultural, al hecho que en nombre de la resistencia también puede darse un pensamiento 'único' con atributos de obediencia, pleitesía y fórmulas hechas.
Como en otras expresiones de la moda, también en la esfera académica es mayor el impacto Norte-Sur que la creciente integración del Sur en el Norte en lo concerniente a gastronomía, música y, en general, a diversas expresiones de la cultura latinoamericana. Como se señalara en otras ocasiones cuando se intentó implantar agendas estadounidenses en el debate universitario latinoamericano sin adecuarlas a contextos disímiles, cabe preguntar hasta qué punto, y aún con las mejores intenciones, la redefinición del público al que se dirige un sector de la crítica latinoamericana en EE.UU. no representa maniobras de quienes insisten en trasladar sus obsesiones a regiones donde los recursos básicos se dirimen en torno a la supervivencia institucional, para no hablar de las dimensiones más precarias de la supervivencia. Por un lado se apunta a los textos como mediación para ejercer una política focalizada en lo local; por otro, se soslaya la literatura para centrarse en la política académica –pobre sustituto de los escenarios donde se dirime el poder y donde si vale la pena jugarse. De una u otra manera, para esos críticos la mirada está fijada en un acotado lugar del campus estadounidense.
Este año se conmemora, entre otros, el centenario de la publicación de Ariel y del nacimiento de Roberto Arlt. Por el lado de Rodó, el cuadro que he descrito constituye un lamentable comentario sobre el grado de entrega a intereses que no son necesariamente compartidos por quienes son sujetos de estudio. No sólo no se preserva un lugar privilegiado ante el embate de una doctrina utilitaria (y de utilería) revestida con la actualidad de la mercadotecnia, y la sutileza de construcciones teóricas, sino que además se considera que el único modo de percibir todo espacio latinoamericano es desde la lejanía de un Norte sobre el Norte. Por el lado de Arlt se lee la confirmación de una crisis de valores vaticinada desde los 20 y 30 ya no sólo en el orden de una sociedad fracturada, sino también en la del individuo que todo lo percibe desde su deseo, que todo lo somete a la voluntad que no cuestiona, y que se asume poseedora de la única verdad posible.
Precisamente, entonces, en una época tan pródiga en estudios sobre la memoria y las identidades, tan próxima a las consecuencias de su abandono, considero que no está de más recordar qué se dirime cuando pisamos el campo interpretativo y cuando establecemos quiénes son nuestros intelocutores. Desde diferentes perspectivas y posiciones críticas, muchos compartimos la necesidad de re-componer disciplinas pero sin por ello soslayar que leer profesionalmente textos literarios exige recuperar el trazado de una actividad que es crítica y que enuncia con meritorios criterios un sistema de valores. Después de todo, si estamos de este lado del cinismo, también se trata de poner a consideración de estudiantes y lectores el sentido de las letras y proponer por su medio un mejor conocimiento del área que excede el tamaño de toda página y de todo perfil individual [24-VII-2000].